sábado, 17 de febrero de 2018

El caso Oxfam: ¿Un aviso para navegantes?



        


Desde hace una semana a los de Oxfam les está cayendo la del pulpo: Primero se descubre que algunos directivos de la organización, destinados en Haití tras el terremoto de 2010, pagaron a jóvenes de la zona para montar unas orgías que harían enrojecer al mismísimo Nacho Vidal. Después resulta que lo de andar por ahí beneficiándose a las nativas no fue exclusivo de de Haití, sino que también ocurrió en Chad en 2006. Por si esto fuera poco, salió a la luz un informe que ponía de manifiesto que más de 120 trabajadores de ONG británicas fueron denunciados por acoso sexual el pasado año, lo cual llevó a la ex secretaria de estado británica de cooperación internacional, Priti Patel, a advertir que el sector se había dejado en manos de “pedófilos depredadores”. Y ya, para colmo de los colmos, algunos de los despedidos por escándalos sexuales encontraron fácilmente acomodo en otras organizaciones. Vamos, que ni El Pozo trata así de bien a sus cerdos.

            Casos como este proporcionan una justificación muy socorrida a los que nunca se les ha pasado por la cabeza colaborar con una ONG, y siembran dudas más que razonables en quienes alguna vez lo han hecho. Hay mucha gente que piensa que hoy en día no se puede uno fiar de nadie, y tienen mucha razón. De modo que seamos consecuentes y, puestos a no fiarnos de nadie, desconfiemos también del medio que destapó el asunto.

            El escándalo, como muchos sabrán, fue sacado a la luz por el periódico The Times, propiedad del magnate de la comunicación Rupert Murdoch. Como quizá recordarán, Rupert Murdoch tuvo que declarar en la Cámara de los Comunes por el escándalo de las escuchas ilegales en las que se vio involucrado un periódico de su propiedad, el finalmente desaparecido News of the World. En aquella ocasión Murdoch no admitió más culpa que la de haber confiado en las personas equivocadas, manteniendo la tesis que había sostenido desde que estalló el escándalo en 2006: todo había sido una iniciativa aislada de un grupo de periodistas que, además, no representaba ni el 1% del total de su grupo. Así mismo,  lejos de plantearse dimitir, no por el escándalo en sí, sino por haber intentado taparlo, se presentó como el hombre idóneo para limpiar la corrupción en su casa.
           
            A decir verdad, contrasta el tono ambiguo y laxo de Murdoch ante el Parlamento, con el  alto grado de exigencia moral y la profusión de detalles que ofrecen de un tiempo a esta parte las páginas de su periódico. Habrá quien diga que una cosa es Rupert Murdoch y otra The Times. Pero me temo que quien diga esto se equivoca. En primer lugar porque Rupert Murdoch es bien conocido por interferir en la línea editorial de sus medios,  hasta el punto de despedir a Harold Evans, redactor jefe de The Times y a Stafford Somerfield, que ocupaba el mismo cargo en News of the World, por discrepancias políticas, como pone de manifiesto Paul Trowler en su libro Investigating Mass Media. En segundo lugar porque The Times no dudo en defender desde sus páginas el pago a funcionarios públicos a cambio de información cuando nueve de los principales periodistas de The Sun, otro de los medios del grupo de Murdoch, fueron detenidos por sobornar a las autoridades a cambio de información. Por tanto, da la impresión de que The Times se pone exquisito según y cómo.

            Como hemos visto, The Times no tiene mucha pinta de ser un juez imparcial. Parece utilizar una doble vara de medir para distinguir entre casos aislados y corrupción generalizada dependiendo de si ésta es de puertas para adentro o de puertas para afuera. Y Oxfam no solo es de los que  están afuera, sino que además es de los que molestan.  

            En 2014 Oxfam ya tuvo problemas en Gran Bretaña por sus duras críticas al programa de austeridad presentado por el gobierno conservador. Muchos parlamentarios de este partido consideraron que su campaña era una inaceptable intromisión en la vida política del país y pidieron incluso que se les retirase la financiación pública. Priti Patel, la misma que ahora ve las ONG como un nido de pedófilos, afirmaba que quienes dan dinero a esta organización esperando con ello mejorar la vida de la gente se han visto traicionados; además  el gobierno debería revisar inmediatamente los fondos públicos que se han dado a esta organización.

            Tengo la impresión de que si a Oxfam le llueve mierda no es porque sea poco menos que una panda de pederastas y puteros, sino porque su voz es una voz incómoda que conviene silenciar y desautorizar. Oxfam no se ha conformado con luchar contra la pobreza de manera silenciosa y abnegada, con la vista puesta en otro mundo; sino que  se ha caracterizado por denunciar alto y claro que las causas de la pobreza hay que buscarlas en éste, en el desigual reparto de la riqueza y el poder. Y claro, esto no deja de ser incómodo para quienes deciden ese reparto. Así las cosas, como digo, uno tiene la sensación de que había muchas ganas de silenciar a Oxfam y a quienes, como Oxfam, osan desafiar al discurso dominante

            Según este discurso dominante, no es la razón la que determina la economía sino la economía la que determina la razón. Lo irracional no es que mueran millones de personas al año por una mala distribución de los recursos; lo irracional es que uno no busque exclusivamente su propio beneficio. Es como si, parafraseando la frase de Séneca, el mercado ayudase a quienes lo aceptan y arrastrase a quienes se resisten. De ahí que para combatir la pobreza no haya que hacer nada, sino simplemente dejar que el mercado fluya. Voces como la de Oxfam, que denuncian que la pobreza no es fruto de un destino cruel sino de decisiones injustas, al tiempo que apuntan a quienes las toman, son realmente molestas. Para algunos convendría incluso eliminarlas. Y si se tienen las ganas y se tienen los medios ¿por qué no hacerlo? ¿Por qué no hacer pasar por periodismo de investigación lo que no es sino periodismo de intoxicación?
           
            El tratamiento que se ha dado los escándalos sexuales de Oxfam desprende cierto tufillo a campaña de desprestigio mediático. Escándalos sexuales muchísimo más graves y mejor contrastados, como el que implicaba a varios parlamentarios conservadores en una trama de pederastia durante el gobierno de Margaret Thatcher, no tuvieron ni una cobertura tan amplia, ni una investigación tan minuciosa,  ni merecieron críticas tan acerbas como las que ahora vierten los medios de Murdoch o el propio gobierno británico. Esto me lleva a pensar que realmente no se busca descubrir la verdad, sino recrearla para cubrir a Oxfam de mierda, justo en un momento en el que la sociedad está especialmente sensible ante el acoso sexual a tenor de las denuncias llevadas a cabo por numerosas actrices.  Parece que se está buscando que en la opinión pública cale la idea de que, al final, las ONG son solo un negocio más dirigido por personas que, en el fondo, buscan solo su propio beneficio.  Con esto se consigue el doble objetivo que sacar de la carretera a un molesto competidor y confirmar el discurso dominante: Lo racional es actuar exclusivamente en beneficio propio y, quien diga lo contrario, es un necio o un hipócrita.

            Vistas así las cosas, un buen escéptico no podría por menos que sospechar que lo de Oxfam pudiera ser un aviso para navegantes. Algo en plan la ayuda a los desfavorecidos puede estar bien siempre y cuando sirva para apuntalar el sistema, pero no para cuestionarlo. Una advertencia para que si el resto de ONG no quieren acabar como Oxfam, perdiendo a sus socios por miles, no metan la nariz en asuntos ajenos. Es entonces cuando un verdadero escéptico se preguntaría si a raíz de las publicaciones de The Times uno debe dejar de apoyar a una ONG como Oxfam o apoyarla con más fuerza porque, parafraseando de nuevo a Séneca, son de los que prefieren molestar con la verdad a complacer con lisonjas.








jueves, 1 de febrero de 2018

El turismo es el opio del pueblo





                A mediados del siglo XIX el opio era una droga legal en Europa, al alcance de personas de toda clase y condición. Era el componente fundamental de numerosos fármacos que buscaban desde paliar el dolor en los enfermos hasta calmar la ansiedad en los lactantes. Además de sus usos terapéuticos,  era consumido en fumaderos por las clases acomodadas para combatir el hastío vital y  por los desfavorecidos para olvidar temporalmente las miserias cotidianas. Hasta bien entrado el siglo XX, en que el la adicción al opio se convirtió en un grave problema de salud pública,  su consumo no llevaba aparejada una condena moral; al contrario,  el opio se hallaba inmerso en una atmósfera de fascinación  y misterio que provocaba una singular atracción entre los intelectuales, ávidos de la inspiración que sus oníricas visiones provocaba.

                Su papel socio-económico fue importantísimo, pues además de constituir, como hemos mencionado, una estupenda válvula de escape para aliviar los problemas sociales derivados de la inadaptación y la marginalidad, constituyó un lucrativo negocio para gran parte de la oligarquía (farmacéuticas, importadores, fumaderos, etc.),  hasta tal punto que el control de su abastecimiento llegó incluso a provocar guerras, como la anglo-china de 1839. Precisamente este aspecto de silencioso guardián del orden social, de bocanada narcótica para el alma atormentada, inspiró una de las comparaciones más rotundas de Karl Marx: La religión es el suspiro de la criatura atormentada, el alma de un mundo desalmado, y también es el espíritu de situaciones carentes de espíritu. La religión es el opio del pueblo.
               
                Los hombres y mujeres de nuestro tiempo siguen teniendo esa necesidad de escapar de una existencia plagada de renuncias, obligaciones y sinsabores. Las grandes fábricas de consenso nos abastecen constantemente con la idea de que vivimos en el mejor de los mundos posibles y que, por tanto, no es necesario cambiar nada sino adaptarse a lo que ya hay. Sin embargo, como esto se torna poco menos que imposible, es necesario proporcionar nuevas válvulas de escape que, como el opio, sirvan de guardianes en la sombra del orden establecido, al tiempo que conserven ese halo de reverencial misterio que les hace intelectualmente atractivos.

                Ni que decir tiene que la religión ha perdido fuerza como negocio, centinela moral  y aún más como bálsamo para aliviar de las tensiones sociales.  Se ha hecho necesario buscarle un sustituto y, entre los diferentes candidatos, es el turismo, como más adelante mostraré,  el producto que más se le asemeja. De este modo, si antes teníamos a la buena gente peregrinando en busca de la vida eterna, ahora tenemos a la gente eternamente peregrinando en busca de la buena vida.

                Viajar se ha convertido en una válvula de escape de primer orden de la que prácticamente, en mayor o menor medida, puede participar todo el mundo. Al igual que sucedía con el consumo de opio, al viajar uno tiene la sensación de elevarse por encima de sus miserias y problemas. Viajar se nos representa como una promesa de dicha, como un pasaporte hacia la libertad, hacia la vida que realmente merece la pena vivir. Esta sensación, sin embargo,  no deja de ser ilusoria porque esa “vida verdadera” dura, en el mejor de los casos, una décima parte del total de la verdadera vida.

                Sin reparar en la irrisoria porción de nuestra vida que el viajar ocupa, proyectamos sus efectos hasta convertirlos en anhelo permanente, un  bálsamo ilusorio que suaviza el malestar y proporciona un alivio, siquiera pasajero, del tedio vital y del cansancio físico.  Hartos de una existencia opresiva y monótona, los viajes se presentan como una bocanada de aire fresco, como una estupenda manera de evadirnos de una realidad que nos oprime y constriñe. Aquí es donde se pone de manifiesto el papel del turismo como dique de contención de las tensiones sociales: La gente se aferra a esas semanas fuera de casa como un antídoto contra la realidad, cosa que sin duda mitiga su deseo de cambiarla, y favorece la adaptación de las personas a un orden social las más de las veces injusto.

                En consonancia con esto, el fenómeno turístico ha convertido a las grandes ciudades, que tradicionalmente han sido los ejes transformadores de la realidad, en destinos turísticos, y sus moradores han dejado de ser ciudadanos para convertirse en sumisos adoradores del dios Turismo, que derrama generosamente dádivas entre sus fieles. Eso sí, se hace necesario sacrificar en su altar todo aquello que frene o se oponga a sus designios,  ya sean reivindicaciones políticas (recuerden el mantra repetido ad nauseam de que el proceso independentista de Cataluña era malo, muy malo, porque resultaba perjudicial para el turismo); ya sean reivindicaciones sociales (salarios dignos, ciudades más sostenibles, viviendas asequibles, etc.). Toda actividad o decisión es juzgada como buena o mala en función de la repercusión positiva o negativa en el crecimiento del turismo.

                Este impacto turístico se pone en relación con el impacto económico y la creación de puestos de trabajo, formando una trinidad santísima que, como machaconamente insisten las fábricas de consenso, bendice todo aquello sobre lo que se posa. Ahora bien, mientras se pone el foco en estos luminosos asuntos, se dejan en penumbra otros como encarecimiento de los alquileres por culpa de la conversión de las viviendas residenciales en alojamientos turísticos; el reparto desigual de los beneficios del impacto económico que el acarreo de turistas genera; la precariedad laboral que provoca; el deterioro del paisaje (tanto rural como urbano) que conlleva el turismo de masas; por no hablar de la prostitución, el trafico de drogas o vandalismo rampante, secuelas que en muchos casos acompañan al turismo de desahogo orgiástico y que convierten el consumo turístico en una pandemia y un problema de orden público semejante a la que en su día acabó siendo el consumo de opio
               
                A pesar de todo esto, el turismo siempre ha mantenido un prestigio social e intelectual del que carecen otros posibles desahogos legales como él futbol, el tabaco o el alcohol. Viajar se ha considerado siempre sinónimo de amplitud de miras y ha conferido cierta superioridad sociocultural a quienes lo practicaban. Ha contribuido al mantenimiento de este prestigio el ejército de mercenarios a sueldo, también llamados freelances, que  las agencias mayoristas de viajes  tienen diseminado por las redes. Pero, desengañémonos, hace tiempo que viajar dejó  de ser un lujo del espíritu para  corazones intrépidos, para convertirse en producto de masas tan alienante y mercantilizado como los que mencionamos antes.

                Hoy en día viajar se ha convertido en una interminable trashumancia de personas de un lugar a otro, sin que ello suponga, en la mayor parte de los casos, más cambio en sus hábitos y costumbres que la pérdida de la educación y el decoro. Los valores e ideas no son como una sartén donde se fríe morcilla, que solo por estar cerca uno ya se impregna. Poner en relación los propios valores y costumbres con los de otras culturas exige un sentido crítico que, en la mayor parte de los casos, se queda en casa cuando uno viaja.

                A pesar de lo dicho, las fábricas de consenso se afanan por crear la falsa ilusión de que viajar nos convierte en ciudadanos del mundo y de que, a fin de cuentas, lo que sucede en nuestro lugar de residencia o de trabajo tampoco nos afecta tanto; cuando la realidad es que, como dijimos, el 90% de su vida se desarrolla en esos sitios. De hecho, cuando en numerosas ciudades españolas se sucedieron las protestas contra el turismo este verano, fue fácil presentar a quienes se manifestaban como irreductibles cromañones que no hacía sino impedir la libre circulación de personas, valores e ideas que tanto enriquece al mundo (y sobre todo a quienes hacen negocio con el acarreo).      
      
                El turismo de masas, a mi modo de ver, lejos de ampliar las miras, convierte el cosmopolitismo en cosmopaletismo, es decir, en un estúpido relativismo cultural en virtud del cual cualquier paleto que haya pasado una semana en Punta Cana se cree con experiencia suficiente para contrastar la realidad allí intuida con la de su país. Así,  si alguien se queja porque en España una camarera de piso cobra 4 euros la hora, siempre hay algún imbécil dispuesto a mostrar su excelso conocimiento del mundo espetando que en República Dominicana trabajan exclusivamente por las propinas, que él lo ha visto.

                Ligada a ese relativismo catetoide está también la falsa ilusión inoculada en el imaginario colectivo de que viajar es sinónimo de poder adquisitivo (Hubo un tiempo en que ningún tonto devenido en contertulio podía resistir la tentación de poner en relación la situación económica del país con la gente que salía de puente), cuando en realidad quienes viajan, que no son todos, lo hacen cada vez a precios más baratos y en condiciones más deleznables: Vuelos exasperantemente incómodos, que aterrizan en aeropuertos perdidos, a horas intempestivas y en los que solo puedes llevar una maleta con una muda para cada día, un par de vaqueros y varios sobres de Sopistant para salir del paso en la habitación del piso que has alquilado tu y otra media docena. Pero claro, hablas de esto y siempre habrá algún completo imbécil como el de antes que, hablando en términos relativos, te espete que todo eso que cuentas no son condiciones deleznables si las comparamos con las de los haitianos que recogen caña de azúcar en San Pedro de Macorís, que él lo ha visto.

                Dicho queda lo dicho como demostración de que el turismo, como fenómeno de masas, se ha convertido en el nuevo opio del pueblo. Lejos de mi ánimo el anatemizar a todo aquel que se lo goza viajando y que encuentra en ello una fuente de inspiración para salvarse a sí mismo y a sus circunstancias, como diría Ortega. Todos necesitamos a veces cambiar de ángulo para ver las cosas más claras. Pero conviene no olvidar que junto a esos aspectos benéficos, el turismo también encierra unos efectos perversos que, como sucedió con el opio, van camino de convertirse en pandemia.  Todos esos usos pastoriles en los que una legión de borregos son conducidos de un lugar a otro sin tener ni puta idea de por dónde se las andan, ni qué sentido tiene lo que están haciendo (más allá de tirarse una foto al lado del monumento de turno y colgarla en Facebook o Instagram como si de una colección de cromos se tratase, en plan este ya lo tengo), causan un irreversible deterioro en el paisaje y en el paisanaje, e igual no estaba de más la empezar a incluir esta advertencia en los catálogos.

                A fin de cuentas, viajar merece la pena no porque cambie nuestro mundo de lugar, sino porque cambia nuestra forma de ver el lugar que ocupamos en el mundo. Por tanto es válido en la medida en que nos ayuda a realizar el verdadero viaje, el viaje al interior de uno mismo; el que nos lleva a saber mejor quiénes somos y qué coño pintamos aquí. Si no es así, viajar es solo opio que nos mantiene adormecidos y atontados mientras, como borregos, enmierdamos el suelo que vamos pisando.

jueves, 26 de octubre de 2017

Ciento cincuenta y circo





 El otro día mi amiga Maria, que es irlandesa, inteligente y sensata me dijo que no entendía una bloody shit  de lo que estaba pasando en España, que a ver si se lo podía explicar. Le dije que no se preocupase, que a la mayor parte de los españoles les pasaba lo mismo, y lo que hacían era bajar al chino, comprar una bandera y colgarla en la ventana. Pero ella insistió.

         La verdad es que no hay mucho que explicar, le dije, porque lo que está teniendo lugar en España es una función circense y, como tal, lo que busca no es que la gente entienda, sino que la gente se apasione, vibre y se distraiga de sus miserias cotidianas: Para que la gente olvide que en Barcelona se alquilen plantas esteras de hospitales púbicos a empresas de sanidad privadas; para que los docentes catalanes cierren filas en torno a los dirigentes que han propiciado los mayores recortes en educación de la historia de Cataluña; para que no se entere nadie de que ya hemos desbancado a Gracia como país europeo con más déficit (a por ellos oé…), o para que pasen por alto que el partido del gobierno precisamente está en el gobierno gracias a un complejo sistema de financiación paralelo que nos ha costado cerca de 800 millones de euros.

         Había que distraer a la gente porque cada vez estaban mirando más y mejor donde no debían; se estaban  empezando a dar cuenta de que olía a pedo y ellos no habían sido. La Transición, otrora considerada modélica, empezaba a verse como un mal apaño que no hizo nada más que superponer al intacto aparato franquista el sistema de partidos; mientras que la sacrosanta Constitución empezó a verse no como la voluntad del pueblo soberano sino como una carta otorgada por la oligarquía que se había blindado bajo el nuevo sistema. En las plazas, en lugar de ese sucedáneo, se pedía democracia real.

         En Madrid la gente se echó a la calle sin que la pastoreasen los partidos, cosa que no sucedía desde antes de la muerte de Franco, y ocupó la Puerta del Sol. En Barcelona pasó lo mismo, y los mossos amorosos desmontaron a ostias el campamento de Plaza Cataluña. Días más tarde, a las puertas del Parlament se coreaba ningú, ningú, ningú ens representa, mientras Artur Mas tenía que entrar en helicóptero. La cosa estaba quedando, en todas partes, bastante clarita.

         La crisis y los recortes no hicieron sino incrementar la distancia entre gobernantes y gobernados, que cada vez veían con más recelos las artimañas políticas para hacer recaer sobre la ciudadanía todo el peso de su mala gestión, y aquí es donde entra en escena el oportunismo y la astucia de Artur Mas, el anterior presidente de la Generalitat.

         Artur Mas fue a Madrid un 20 de septiembre de 2012 a reunirse con Rajoy para pedirle un nuevo pacto fiscal, semejante al que disfruta el País Vasco. Sabía que pasase lo que pasase él ganaba: Si le concedían el pacto dispondría de más dinero y podría aflojar la soga del cuello de los catalanes, congraciándose de nuevo con ellos. Si no, podría reunirlos en torno suyo contra la terca y tacaña España, como ya había hecho el 20 de julio de 2010 al grito de Som una nació. Nosaltres decidim.

         Como era de esperar Rajoy dijo que nientey arguyó, con la estolidez de un funcionario mediocre, que no era constitucional. A lo que Mas repuso con la convocatoria de un referéndum para el 25 de septiembre, con la intención de ver si los catalanes querían seguir siendo españoles o si, como no les daban lo suyo, decidían largarse con viento fresco. Rajoy volvió a tirar de su muletilla favorita, como el poquito de porfavor del conserje de Aquí no hay quien viva:  Eso es contrario a la Constitución.

         Entonces Mas lanzó un órdago y convocó lo que él llamó unas elecciones plebiscitarias: Los partidos favorables a una independencia irían en coalición y si obtenían la mayoría de los votos significaría que la gente apoyaba el sí a la  independencia. Pero la coalición Junts pel Sí solo consiguió el 39,59% de los votos.  Ese aparente fracaso no les disuadió, e hicieron todo lo posible para sumar a sus diputados los de las CUP (incluido cambiar a su candidato, Artur Mas, por Puigdemont) y valerse así de esta artimaña aritmética para seguir adelante con el proces. A todo esto al gobierno del PP en  Madrid se le rilaban las piernas de gusto al ver cómo, gracias al tinglado catalán, la gente estaba empezando a olvidarse de la financiación ilegal de su partido que, aunque nadie pareciese reparar en ello, suponía una voladura descontrolada de las reglas del juego democrático y hacía añicos la legitimidad del gobierno (Que más dá, si yo soy español, español, español…)

         El siguiente paso fue la aprobación de unas leyes de desconexión y de un referéndum a ver si al final desconectaban o no (otro referéndum Maria, sí, otro referendum). ¿Para qué? Pues supongo que para tener al personal entretenido y para ver si esta vez ganaban. Y ganaron. Vaya si ganaron. Ganaron lo más importante: a muchos de los que estuvieron en frente en  Plaza Cataluña, que ahora estaban jugando al trile con las urnas, tratando de despistar al gobierno español, que andaba empeñado en que votar era inconstitucional y llenando barcos de policía y guardias civiles. ¿No hubiese bastado con detener a Puigdemont y su gobierno al día siguiente por prevaricación? Seguro. Pero entonces adiós al circo.

         Y sí, ya sé que lo dijo un juez, pero los jueces dicen muchas cosas y el gobierno las entiende como mejor le cuadra. De hecho se incumplen sistemáticamente los artículos 27, 35, 41, 43, 49 y 50 de la Constitución y no veo yo barcos llenos de profesores o médicos para evitarlo.

         El caso es que supuestamente no iba a haber votaciones porque los mossos lo iban a impedir, pero como las proclamas en post de la paz universal y el amor cósmico de los mossos d'esquadra no disuadían a le gente de votar, la policía empezó a desalojar al personal a ostias, para ver si con eso a los mossos se les refrescaba la memoria de cómo se desaloja a la gente. Pero ni por esas. Se habían convertido en los Justin Bieber de aquel concierto adolescente del 1 de octubre.

         España volvió a ser portada de la prensa internacional y no por lo que su gobierno se quedaba sino por lo que repartía.  Las cargas policiales mostraron al mundo lo que aquí se sabía ya desde al menos el 15 de mayo de 2011: Que no nos representan; que sus intereses no son los nuestros y que solo por la fuerza acaban imponiéndonoslos.

         En su huida hacia adelante, el govern se apresuró a decir que los resultados de la consulta les eran favorables (y tanto, los porrazos se los habían llevado otros), que la voluntad del pueblo catalán era abrumadoramente clara y se propusieron proclamar la independencia, pero lo hicieron a lo gallego, en plan hoy somos más independientes que ayer pero menos que mañana. Y la ambigüedad  se les fue las manos. Tanto que hasta Rajoy, que es gallego, pidió que se lo aclarasen. Y ni por esas.

         Así que el gobierno y su cuadrilla de turiferarios (la llamada oposición sensata), van a aplicar el artículo 155 de la Constitución porque nadie les ha dicho que no se haya proclamado la independencia (tiene cojones), pero lo van a hacer a su manera, rememorando el saco de Roma por Carlos I y sus lansquenetes. Nada de cómo dice la Constitución obligar a la comunidad autónoma al cumplimiento forzoso de dichas obligaciones…nada. A tomar por culo la autonomía entera, con delegados gubernamentales en las consejerías, dirigiendo a  los mossos, en TV3…A lo loco. A sangre y fuego. Y a todo esto con Puigdemont diciendo pues no sé si la había declarado o no,  pero ahora la voy a declarar, ale, para que os chinchéis.

         Así que ya ves Maria, un gobierno que no es respaldado ni por la mitad de la gente se apresta a declarar la independencia en nombre del pueblo entero, y otro que se hace pis en la Constitución día sí y día también se prepara para impedirlo en nombre de ésta. No me digas que esto no te recuerda a los hermanos Marx en Una tarde en el circo. En fin, no sé si habré conseguido que  por fin entiendas algo de lo que pasa en España, pero supongo que ahora ya sabes por qué tenemos leones en la puerta del Congreso.