jueves, 10 de noviembre de 2016

¿Un antisistema en la Casa Blanca?



Sé que debería estar escribiendo como si no hubiese mañana para ver si mi estudio sobre el sector eléctrico español está listo antes del 20 de noviembre, pero es que no he podido resistir la tentación.  La candidez y la ignorancia me conmueven indescriptiblemente cuando se presentan mezcladas a partes iguales.

Resulta que tras conocerse el resultado de las elecciones en Estados Unidos,  la Asociación Internacional de Plañideras se quedó sin existencias, contratados todos sus coros por los distintos medios de comunicación para que interpretasen el apocalipsis según San Trump.  Fue un espectáculo tan abrumador, grotesco y burdo, que nadie con dos dedos de frente puede creerse eso del “Ay Dios mío, con esto no contábamos, ¿qué vamos a hacer?”

¿Que no contaban? ¿Que ha ganado un antisistema? ¿Que en la Casa Blanca han puesto a un loco? ¡Venga coño! A buenas horas pasa eso en un país cuyas élites llevan tomando el pulso a los sentimientos de su población y modificándolos, con éxito, desde comienzos del siglo XX. Fíjense que Trump no ha ganado en votos, sino en representantes. No ha hecho falta tocar todas las teclas, sino solo las oportunas.

Es cierto que en Estados Unidos la gente estaba muy calentita con sus élites rectoras. Movimientos como Ocupa Wall Street habían apuntado con suficiente claridad quién estaba detrás de la voladura controlada de la sociedad del bienestar estadounidense. Y no menos cierto es que el desprecio por la élite política y económica estaba alcanzando cotas tan altas como las de finales de los 60.

De la misma manera que aquella oleada contestataria dio lugar a la gran contrarrevolución neoliberal, esta nueva oleada ha dado lugar a un nuevo fenómeno: El neobonapartismo. Un intento de la oligarquía por controlar el proceso revolucionario mediante la apelación al fervor patriótico y a las esencias populares. Aunque lo más importante no era ganar adeptos para el nuevo proyecto involutivo, sino desmotivar a los partidarios de la revolución (de hecho Trump ha ganado las elecciones con muchos menos votos que los que tuvieron sus antecesores, Mc Cain y Romney).

A mi juicio que la revolución estaba ganando adeptos resulta evidente, pues de otro modo no puede explicarse que un anciano casi desconocido como Bernie Sanders, socialdemócrata declarado y con la mitad del apoyo mediático y financiero que sus oponentes, disputase las primarias demócratas hasta el último momento a Hillary Clinton. Sin embargo, que al final Clinton resultase la elegida presagiaba por donde iban a ir los tiros: Quitando a Sanders de en medio se había desmantelado a la izquierda demócrata y se había dejado a Trump como el único canalizador del descontento.

A fin de cuentas ¿Alguien en su sano juicio pensaba que la clase trabajadora iba a votar a un Clinton, después de que Bill Clinton prometiese ser su presidente y luego se echase en brazos de Wall Street? ¿De verdad que creían que con el descontento creciente de los demócratas con Obama iban a aceptar a alguien a quien hace ocho años ya juzgaron infumable?

El voto antisistema, como digo, se lo han regalado a Trump. Descaradamente. Pero Trump ni es un loco ni es un antisistema. Trump es la versión mejorada del sueño neoliberal americano, ese sueño en el que el deseo individual está por encima de los derechos de la comunidad; en la que el verdadero voto no es el de la papeleta que se mete en la urna, sino el del dólar que se mete en el bolsillo; el sueño del macho alfa entrado en años que impone su ley, magistralmente representado por Clint Eastwood en Gran Torino.

Donald Trump es la encarnación de ese imaginario. Es la manifestación palmaria de la mayor eficiencia de lo privado sobre lo público (incluso a la hora de hacerse con el poder) y de que el orden natural del mercado acaba al final imponiéndose al orden artificial de los políticos. En el fondo, Trump  no es sino un intento grotesco, pero exitoso, de dar la vuelta a la tortilla mostrando que los ricos no son los que han destruido América sino los únicos que pueden salvarla.

Decir de un tipo como Trump, que proviene del mundo de la comunicación y la propaganda, que es espontáneo y auténtico es una chorrada del mismo calibre que decir que Hillary Clinton, la misma que aguantó con estolidez su matrimonio tras conocer que el despacho oval se había convertido en un comedero de ciruelos, es un adalid del feminismo. Son mentiras interesadas. Parte del guiñol. Parte del intento de decantar el voto hacia los republicanos. Porque no nos engañemos: A Wall Street y a los ricos americanos les interesaba Trump. No hay más que ver la calurosa bienvenida con la que la bolsa estadounidense acogió la noticia.

La globalización ha expirado. Al menos tal y como la conocíamos. Asia fue durante años un paraíso de materias primas, mercados y mano de obra barata, pero ya no lo es. Asia ahora es un competidor de tú a tú con las empresas norteamericanas en el plano tecnológico,  por las materias primas en el plano económico y capaz de abastecer sus propios mercados. Asia ya no interesa como socio comercial, porque no se puede seguir estableciendo esa relación de dependencia que tan buenos resultados le dio a las élites económicas americanas, que descapitalizaron a las clases trabajadoras de su país mientras mantenían en la subsistencia a las asiáticas, quedándose de propina con la diferencia.

Si mis premisas son ciertas, Trump cancelará los tratados de libre comercio en Asia (donde las empresas americanas no son ya competitivas), pero no con Europa (donde sí pueden competir habida cuenta de los menores costes sociales y ecológicos  de los que se hacen cargo las empresas norteamericanas). Acabará con ese supuesto antibelicismo de Obama, y lo hará para conquistar los mercados y las materias primas que hasta ahora le otorgaban los tratados de libre comercio, fundamentalmente en Iberoamérica.  

Vigilará muy de cerca la inmigración porque realmente ya no necesita que vengan muertos de hambre mejicanos a trabajar  por cuatro duros, cuando se puede poner a los muertes de hambre estadounidenses a trabajar por lo mismo y, de paso, tenerlos tan contentos porque trabajando duro contribuyen a levantar su país y a forjarse un carácter.

Si mis premisas no son ciertas, y realmente Trump es un furibundo antisistema que se ha colado a hachazos en la Casa Blanca, como Jack Nicolson en El Resplandor, debería evitar los teatros, los paseos en coche descubierto por Dallas y las grasas saturadas.  Porque al sistema coronario no le van bien el sobrepeso, el carácter iracundo y una mujer 25 años más joven…Y al otro sistema no le van los presidentes inoportunos.

domingo, 23 de octubre de 2016

El sector eléctrico español: Historia de una élite extractiva



            En mi anterior artículo, tras analizar las instituciones nacidas al calor del nuevo régimen, llegué a la conclusión de que no habían sido creadas para repartir el poder sino todo lo contrario, para favorecer su concentración. Y sospechaba que otro tanto habría ocurrido con las instituciones económicas; es decir, que en lugar de crearse para repartir la riqueza, estuviesen diseñadas para favorecer que esta se concentrase en pocas manos.
            Con esta sospecha en mente inicié mis pesquisas, intentando ver si los datos la confirmaban o la echaban por tierra. Para ello me propuse analizar lo que en su momento consideré los sectores más susceptibles de convertirse en élites extractivas, a saber: El sector financiero (con la banca y las aseguradoras); el sector energético (con las empresas eléctricas y las de hidrocarburos); el sector de la construcción (con las grandes obras públicas y privadas) y, por último, el sector de la comunicación y el entretenimiento.
            Comencé a recopilar información y a bosquejar unos cuantos esquemas y en un par de meses la cosa se me había ido totalmente de las manos. Era una empresa mastodóntica e ingobernable. De modo que me tuve que circunscribir a un sector para evitar la terrible dispersión de tiempo y fuerzas que implicaba tener tantos frentes abiertos, y me centré en el de la energía, que era el que ofrecía, por la información que en aquel momento tenía, unos perfiles más nítidos.
            Al cabo de otro mes la documentación y los esquemas de mi nuevo empeño eran tan difíciles de manejar como los del anterior, de modo que volví a acotar el terreno y esta vez me centré exclusivamente en el sector eléctrico, que a priori ofrecía mejores perspectivas de llegar a buen puerto. Pero tres meses después, en pleno mes de julio, seguíamos en medio del océano sin tener ni rastro de tierra firme.
            Lo que en principio iba a ser un artículo dentro de la colección Claves de Filosofía en una Lata de Galletas iba ya por 60 páginas y no tenía visos de que pudiese terminarse antes de verano. Y cuando el verano terminó ya no teníamos un artículo, sino un libro eterno, pues aunque ocupaba casi cien páginas, todavía no tenía ni principio ni fin.
            Y en ello ando. He conseguido terminar ya con la síntesis comentada de las últimas medidas energéticas del gobierno de Rajoy, pero todavía me quedan algunos hilos sueltos sobre la formación de los grandes grupos eléctricos que se van a consolidar durante el franquismo, y que darán lugar al actual oligopolio. De modo que aunque lejos, ya empiezo a ver el final del túnel.
            Esperaba tener terminado el libro para cuando el blog llegase a las 100.000 visitas, pero lo he abierto hoy y he visto que llegaba tarde.  Así que a ver si con un poco de suerte lo puedo tener terminado para el 20 de noviembre, cuando el blog cumpla cinco años, algo así como un especial quinto aniversario…Veremos a ver.
            Solo espero que siga alguien por aquí para cuando lo termine.

martes, 26 de enero de 2016

España y sus élites extractivas




DE LA RIQUEZA DE LAS NACIONES AL FRACASO DE LOS PAISES

En anteriores artículos he sostenido la tesis de que la élite del poder político en España, las personas situadas en los puestos clave del Estado, son el brazo armado de las élites económicas y financieras. Éstas aúpan y financian a sus hombres de confianza, a cambio de que éstos defiendan y perpetúen su status quo

            Esa tesis hunde sus raíces en una observación de Adam Smith a la que suele prestarse poca atención:


            El Estado, en tanto que instituido para salvaguardar la propiedad, está realmente instituido para defender a los ricos de los pobres, o de aquellos que tienen propiedad de aquellos que no la tienen.  [La Riqueza de las Naciones, Libro V. Capítulo 1, § 55]


            Y también en algunos ejemplos recientes en los que las discrepancias entre las élites económico-empresariales y las élites políticas han puesto a estas últimas en serios aprietos.

            Sin embargo, hay quienes han observado, no sin parte de razón, que mis argumentos partían de premisas un tanto anticuadas (pues las tesis de Smith fueron formuladas en unas circunstancias político-económicas distintas a las actuales) y que adolecían de falta de concreción. Pues bien, en el presente artículo voy a tratar de subsanar ambas carencias.

Para ello voy a dejar a un lado a Adam Smith (aunque solo de momento, pues considero que sus observaciones siguen siendo extremadamente valiosas) y voy a estudiar la interrelación entre las élites económicas y la oligarquía política en España, basándome en la tesis planteada Daron Acemoglu  y James A. Robinson en su libro Por qué fracasan los países: Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza, publicado en 2012.


SON LAS INSTITUCIONES, ESTÚPIDO

Según Acemoglu y Robinson, ambos profesores formados en la ortodoxia liberal, el fracaso o el éxito de los países depende de las instituciones:


El éxito económico de los países difiere debido a las diferencias entre sus instituciones, a las reglas que influyen en cómo funciona la economía y los incentivos que motivan a las personas.


 Estas instituciones pueden ser, fundamentalmente, de dos tipos: Por un lado, tenemos las instituciones políticas inclusivas, que reparten ampliamente el poder en la sociedad y limitan su ejercicio arbitrario, de modo que quienes controlan el político no pueden utilizarlo fácilmente para establecer instituciones económicas extractivas en beneficio propio. (ACEMOGLU y ROBINSON, 2013 : 105) 

Por otro lado, tenemos las instituciones políticas extractivas, que concentran el poder en manos de una élite reducida y fijan pocos límites al ejercicio de su poder, al tiempo que las instituciones económicas a menudo están estructuradas por esa élite para extraer recursos del resto de la sociedad.  (ACEMOGLU y ROBINSON, 2013 : 103)

La sinergia entre instituciones políticas y económicas inclusivas forma un círculo virtuoso que fortalece el sistema:


Las instituciones económicas inclusivas, a su vez, se forjan sobre bases establecidas por las instituciones políticas inclusivas, que reparten ampliamente el poder en la sociedad y limitan su ejercicio arbitrario. Estas instituciones políticas también dificultan que otras personas usurpen el poder y socaven las bases de las instituciones inclusivas. Quienes controlan el poder político no pueden utilizarlo fácilmente para establecer instituciones económicas extractivas en beneficio propio. Y estas instituciones económicas inclusivas, a su vez, crean un reparto más equitativo de los recursos, facilitando la persistencia de las instituciones políticas inclusivas. (ACEMOGLU y ROBINSON, 2013 : 105)


            Por el contrario, la relación que se establece entre estructuras políticas y económicas extractivas da lugar a un círculo vicioso:


            La relación sinérgica entre las instituciones económicas y políticas extractivas introduce un bucle de fuerte retroalimentación: las instituciones políticas permiten que las elites controlen el poder político para elegir instituciones económicas con menos limitaciones o fuerzas que se opongan. También permiten que las elites estructuren las futuras instituciones políticas y su evolución. A su vez, las instituciones económicas extractivas enriquecen a esas mismas elites, y su riqueza económica y su poder ayudan a consolidar su dominio político. (ACEMOGLU y ROBINSON, 2013 : 67)


Vista la tesis, es el momento de aplicarla al caso español y estudiar, en primer lugar, cómo reparten el poder sus instituciones políticas.


LAS INSTITUCIONES POLÍTICAS ESPAÑOLAS: TEORÍA Y PRÁCTICA

Tras una primera aproximación teórica, podríamos concluir que nuestras instituciones políticas son de carácter inclusivo, pues España, según su Constitución,  es un estado social y democrático de derecho. Ésta, así mismo, consagra el pluralismo político como uno de los valores superiores de su ordenamiento jurídico (art. 1) y confía a los partidos políticos, cuya estructura interna y funcionamiento deberán ser democráticos (art. 6), la expresión de dicho pluralismo. La división de poderes parece también estar garantizada, pues la carta magna otorga a las Cortes Generales la potestad legislar y controlar al gobierno (art. 66) y la administración de justicia a los jueces y magistrados integrantes del poder judicial, que habrán de ser independientes, inamovibles, responsables y sometidos únicamente al imperio de la ley (art. 117).

Sin embargo si miramos con mayor detenimiento, observamos que en la práctica el poder no está tan repartido como a primera vista podría pensarse y que este se concentra, fundamentalmente, en la cúpula de los partidos políticos, que son quienes controlan los partidos y, una vez que acceden al poder, el resto de las instituciones. Veamos las causas:

En primer lugar, esto es debido a la propia estructura de los partidos políticos, que dista mucho de ser verdaderamente democrática: Por un lado el número de sus afiliados es muy reducido, nunca va más allá de un 3,5% de los españoles en edad de votar. Por otro, la influencia que tienen dichos afiliados en los partidos no deja de ser, en la mayor parte de los casos, meramente  testimonial,  y siempre condicionada por los intereses de los distintos grupos o familias que buscan ocupar la cúpula del partido.

En segundo lugar, a la falta de democracia dentro de los partidos hay que añadir los efectos de la ley electoral que por un lado, con la ponderación del reparto de escaños (la conocida como Ley D’Hont), favorece la formación de mayorías absolutas; al tiempo que por otro, mediante el establecimiento de listas cerradas por circunscripciones, provoca que las cúpulas de los partidos puedan diseñar las listas para situar a sus hombres de confianza al frente de éstas y que resulte más sencillo establecer redes cuasi caciquiles de captura de votos.

El último gran problema es la falta de una división de poderes efectiva. La tarea de control sobre el ejecutivo que las Cortes tienen encomendada suele seguir un camino inverso al inicialmente propuesto y el ejecutivo es realmente quien controla, mediante la disciplina de voto impuesta dentro de los partidos, a los órganos legislativos, de modo que los proyectos de ley aprobados por el Consejo de Ministros suelen contar de antemano con la aprobación del Congreso.

Del mismo modo, la elección de los órganos de gobierno de los jueces, del Presidente del Tribunal Supremo, del Tribunal Constitucional y del ministerio fiscal está en manos del ejecutivo y de las Cortes controladas por éste, lo que en la práctica condiciona la composición de sus miembros y, en cierto modo, orienta las decisiones de éstos a la voluntad del partido en el gobierno, como han puesto de manifiesto algunos episodios recientes, tales como las maniobras llevadas a cabo para que un juez afín juzgase a Rodrigo Rato o el ascenso del fiscal que consiguió la condena del juez que encarceló al ex presidente de Caja Madrid, Miguel Blesa, por citar dos ejemplos muy significativos.

            Así las cosas, vemos como en la práctica las instituciones políticas en España se concentran en manos de una élite reducida: El presidente del gobierno suele ser el presidente de un partido.  A la hora de diseñar su gabinete suele echar mano de los hombres fieles del partido, independientemente de sus conocimientos sobre la cartera encomendada. Mediante la disciplina de voto se asegura que los miembros de su partido saquen adelante en las Cortes, sin cuestionarlas, las leyes que el ejecutivo promueva.  Finalmente,  elijen jueces para las altas instituciones de la judicatura afines a su partido, de modo que se fijan pocos límites al ejercicio de su poder. 

            Las instituciones políticas españolas bien podrían considerarse, a tenor de lo expuesto instituciones extractivas. De este modo, siguiendo los postulados de Acemoglu y Robinson, no sería descabellado pensar que las instituciones económicas nacidas al amparo de éstas estuvieran estructuradas por esa élite para extraer recursos del resto de la sociedad, es decir, serán instituciones diseñadas para expropiar los recursos de la mayoría, para levantar barreras de entrada y para suprimir  el funcionamiento de mercados, que solamente beneficiarán solamente a un número reducido de personas. ¿Es esto lo que ha sucedido en España? A ello trataré de responder en el siguiente artículo

martes, 22 de diciembre de 2015

El fin del bipartidismo y otros cuentos por encargo

        
        
                  
                  Tras los resultados electorales  del 20 de diciembre los medios de comunicación se han apresurado a certificar la muerte del bipartidismo. ¿Por qué? Ellos sabrán. No sé si será una cuestión de moda (el bipartidismo es como la pana, ya no se lleva); será que aun no han caído en la cuenta de que el próximo presidente volverá a ser del PP o del PSOE; o se deberá a un mero analfabetismo aritmético: 90 + 123= 213 de 350 escaños posibles.

                Pero ahí no queda todo. Además de certificar la muerte de quien no ha muerto, todos los medios de comunicación coinciden en que de las urnas ha salido una España ingobernable. ¿Ingobernable? Siento decir que España va a ser tan fácil de gobernar como lo era hasta hace unos meses. Y, lo que es más, a España la van a seguir gobernando los mismos.

                Parto de la hipótesis de  que España está gobernada por una élite económico-financiera cuyos ingresos no provienen del propio trabajo o de la creación de valor añadido, sino de extraer o trasvasar rentas del trabajo ajeno. Este trasvase de capitales puede ser directo o indirecto. En el primer caso el Estado expropia directamente a los ciudadanos mediante privatizaciones, impuestos o emisión de deuda para destinarlo a la oligarquía: rescates bancarios, adjudicación de contratos públicos, pago de déficit de tarifa eléctrica, pago de intereses de la deuda, etc. En el segundo se limita a establecer leyes favorables para esos grupos (lo que se denomina el orden constitucional) y a velar por su estricto cumplimiento: ley hipotecaria, leyes de acceso a los servicios energéticos, reforma laboral, formación de oligopolios en sectores estratégicos (electricidad, carburantes, medios de comunicación, financiación, telecomunicaciones…).

                Esa élite económico-financiera (los amos de España, podría decirse) es la dueña del Estado. El Estado es creación suya. Lo crearon para perpetuar y proseguir la acumulación de riqueza iniciada, en muchos casos, en el siglo XIX. Y como el Estado es suyo, se cuidan muy mucho de que no caiga en manos de quien pueda perjudicar sus intereses.

                Esas élites financian y dan repercusión a través de sus medios a los partidos que son proclives a sus intereses.  Hasta ahora venían siendo un partido liberal-conservador (UCD o PP) y otro Socialista. El partido socialista fue previamente domesticado por Felipe González que doblegó a los militantes para que renunciasen al marxismo en septiembre de 1979; para que apoyasen la entrada de España en la OTAN en el XXX Congreso, de 1984;  y finalmente, ya noqueados, para que viesen la entrada en el Mercado Común Europeo como una bendición.

                Esas mismas élites, que se agrupan ya de modo visible bajo el Consejo Empresarial de la Competitividad o FEDEA, son las que, como ya contamos aquí, habían diseñado un parche por si el sistema se volvía inestable: Ciudadanos. Y las que habían desguazado por el camino a UPyD por díscolos; porque no se puede estar dentro del sistema constitucional y poniendo querellas a banqueros al mismo tiempo. Les dieron un aviso: o se unían a Ciudadanos o morían. ¿Tuto o muete? Y al final ha sido muete.

                Pues bien, las fuerzas del régimen suman 253 escaños de los 350 posibles. ¿Creen ustedes que la alianza rebelde (en el caso de que tal cosa exista) tiene alguna posibilidad de cambiar nada? ¿De verdad alguien en su sano juicio puede creerse que vaya a cambiar nada? ¿Con 98 escaños, contando a PNV y CIU (que es mucho contar), van a cambiar una constitución?

                Si mi hipótesis es cierta, si España, su Estado y su Constitución son lo que son y están al servicio de lo que están, ayer no asistimos a la muerte del bipartidismo, sino a un refrendo del régimen por parte de 25.349.824 españoles; es decir, el 73.2% de los que están en edad de votar.

                Si mi hipótesis es cierta, el próximo en gobernar será el PP que, tras agotar los plazos, gobernará con sus 123 escaños; con la abstención de PSOE y Ciudadanos; con el voto en contra de UP, Podemos, Esquerra y Bildu; y (dependiendo de a cuanto se venda el pescado en la Lonja de San Jerónimo) de Convergencia, PNV y CC. Hará falta dramatizar las cosas hasta el paroxismo, que la unidad de España vuela a estar en peligro, que el PSOE se bañe en colonia después de salir del Congreso el día que se abstenga, que no sea Rajoy quien forme gobierno sino Soraya u otra cara más alegre. Lo que sea. Pero al final habrá gobierno. Y el gobierno servirá fielmente a los intereses de España (entiéndase, de su  Estado y de los que se benefician de él).

                Los señores de la renta tendrán esperar mejores tiempos para hincarle el diente al dinero proveniente del ahorro para las pensiones y el de los seguros de desempleo y salud. O igual no. Igual entre medias viene otra crisis que se lleva por delante la hucha de las pensiones y lo poco que queda decente de la sanidad. Y, no habrá más remedio que empezar las reformas estructurales…Por el bien de España.