sábado, 30 de septiembre de 2017

Lo han vuelto a hacer. Nos han vuelto a ganar





Es la primera vez que hemos sido vencidos en la larga lucha por el progreso económico y social de España en tanto que movimiento revolucionario moderno; para encontrar en nuestra historia otra derrota auténtica tenemos que remontarnos a los campos de batalla de Villalar en el primer tercio del siglo XVI. Como el ave Fénix de sus cenizas, así nos habíamos repuesto siempre de todos los descalabros, superando momentos terriblemente dramáticos de inquisición política y religiosa, dejando girones de carne palpitante en las garras del enemigo […] Pero esta vez nos sentimos vencidos. ¡Vencidos! ¿Para quién, para qué clase de hombres, para qué razas, para qué pueblos tiene esa palabra ¡vencidos! la significación que tiene para nosotros? ¡Felices los que han muerto en el camino, porque ellos no han tenido que sufrir lo que es mil veces peor que la muerte: una verdadera derrota, definitiva para nuestra generación.

DIEGO ABAD DE SANTILLÁN. Por qué perdimos la guerra
               
            Los políticos nos tratan como si fuésemos giipollas y, las cosas como son, les suele dar buen resultado. Como ya escribí en otra ocasión, son grandes conocedores de nuestras miserias y jamás desaprovechan la ocasión de beneficiarse de ellas. De este modo, cuando se quedan sin argumentos racionales para defender su gestión, nada mejor que acudir a los irracionales y atávicos para que la gente se meta en su trinchera y comience a lanzar piedras. El caso catalán es el más conspicuo y reciente ejemplo.

            Los políticos son hijos (putativos o naturales) de las élites económicas. Y, a decir verdad, la élite económica catalana y la del resto de España han hecho siempre buenas migas. Hicieron piña en torno a Primo de Rivera para sostener a Alfonso XIII, con el que se habían puesto las botas convirtiéndose en testaferros de las  multinacionales extranjeras y repartiendo las concesiones de los nacientes servicios públicos y monopolios (electricidad, agua, petróleo, tranvías, teléfono, etc.). Financiaron y facilitaron el golpe de Estado de Franco, dividiendo al país en dos, en cuanto vieron que la cosa se les volvía a complicar, primero  en octubre del 34 y luego en enero del 36 (Cambó y el Marqués de Comillas se cuentan entre los que financiaron al bando nacional y el periódico del Conde de Godó, la Vanguardia, recibió así la entrada de las tropas de Franco: “Barcelona para la España invicta de Franco”, el 27 de enero de 1939). Y, finalmente, hicieron de Pujol y CiU el puntal para sostener el decorado democrático de la Segunda Restauración, ora pactando con Felipe, ora pactando con Aznar.

            La cosa ha funcionado de puta madre, cada gorrinito en su charca retozando entre comisiones a base de bien, hasta que llegó la crisis. Entonces hubo que meter la tijera y los mismos políticos que eran aplaudidos cuando inauguraban hospitales y escuelas durante las vacas gordas, eran ahora increpados cuando los cerraban durante las vacas flacas. La gente empezó a señalarles como responsables del espolio y la rapiña de la que habían sido objeto y a rodearles, primero en el Parlament y luego en el Parlamento. ¡Ostias! Igual venía bien volver a dividir a esa masa de descontentos antes de que les acabase engullendo. ¿Cómo? Pues como siempre: propaganda, propaganda, propaganda.

            Para dividir a una población suele ser bastante socorrido recurrir a entidades metafísicas (Dios, la nación, etc.) que, por ser terriblemente subjetivas, se prestan fácilmente a la discordia. La cuestión religiosa ya había sido ampliamente sobada en el 36 y, aunque se intentó con el aborto, no tiene el tirón que tenía, así que se echó mano de la idea del Estado-nación, un concepto reaccionario que nació hace más de dos siglos oliendo a sotana rancia y a pachuli de señoritingo, pero que parece incombustible. Pongamos que se escenificó de la siguiente forma: Llegó el bueno de Mas pidiendo más dinero a Rajoy, este le dijo que no tenía ni para lo suyo, y el otro dijo que como no se lo daba montaba un referéndum de independencia. Como lo del referéndum no dio el juego esperado, hubo que hacer unas elecciones plebiscitarias, se suenan más a chungo y a “esto va en serio”. Pero tampoco. Así que ha habido que ir subiendo y subiendo la intensidad teatral de las cosas, con cargo a los presupuestos generales, por supuesto,  y a la ignorancia de la gente.
           
            Pues bien, por fin lo han conseguido. Las élites catalanas (que a nadie se le olvide en manos de quien están Antena 3, La Razón, El País, La Vanguardia, El Periódico o El Punt Avui,  encargados de calentar el proceso) ya han conseguido ponerse a la cabeza del nacionalismo, dividir a la izquierda y sacar a las calles a la gente en post de su referéndum, un referendum que no entiendo por qué habría de dar más frutos que los anteriores, si se desarrolla en las mismas circunstancias. Las élites del resto de España (tirando de La Brunete mediática de la que hablaba Anasagasti) han hecho lo propio y en el colmo del paroxismo, el PP ha vaciado los cuarteles para frenar un referéndum que, como he dicho, ya me contarán por qué había de ser distinto a los anteriores en los que al día siguiente no ha pasado nada; haciendo ver, eso sí, lo en serio que se toman lo defender España. Y la gente aplaudiendo ufana. ¡Qué prado de pena!

            Nos han vuelto a ganar. Nos han vuelto a dividir. Ahora resulta que los que han estado durante años jodiendo y robando se erigen en salvadores de España y Cataluña, respectivamente. Los que antes estábamos unidos frente a ellos ahora estamos separados alrededor suyo. Los que no nos representaban resulta que vuelven a representarnos. Han vuelto a hacerlo: Como digo, nos han vuelto a ganar. Volvemos a ser el desgarrado coro que canta las hazañas de héroes impostados. Otra ocasión que se va a la mierda; otra generación que se va a tomar por el culo.


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jueves, 8 de junio de 2017

¿Por qué nos cuesta tan cara la luz? Parte I



Descargar PDF Después de más de un año de trabajo el libro está por fin terminado. O casi. Digo lo de casi porque la segunda parte,  que trata sobre las maniobras dentro del sector eléctrico durante la actual democracia, necesita una revisión más a fondo. Les cuento:
            Cuando empecé el libro pensaba circunscribirlo precisamente a ese periodo, a los años que van de 1976 a la actualidad; pero a medida que iba documentándome me daba cuenta de que para entender lo ocurrido durante esas cuatro décadas había que hacer, al menos,  una breve introducción en la que se contase cómo y de dónde habían surgido los agentes que integraban el sector. Así que me puse a ello con la intención de despacharlo de dos patadas, pero la cosa se fue enredando, complicando y poniendo interesante,  hasta que lo que iba para introducción acabó convirtiéndose en la primera parte de una obra en dos partes, cuyo tamaño y enjundia eran, cuando menos, similares. Y esa primera parte, en la que se narra la historia del sector eléctrico desde sus orígenes hasta la democracia, es justo la hoy por fin ve la luz.
            La segunda parte tardará un poco más. En primer lugar porque, a pesar de la inestimable ayuda dispensada por un buen amigo,  llevar a cabo las correcciones y maquetar el texto es una labor larga, tediosa e interminable. De hecho creo que no ha habido relectura en la que no me percatase de algún fallo que se había colado (invito a quien detecte alguno a que me lo haga saber). En segundo lugar porque el trazo de la segunda parte es más grueso que el de la primera, y creo que hay que afinarlo. Les pondré un ejemplo.
            Durante la etapa socialista se lleva a cabo el primer gran rescate de la democracia, una socialización de pérdidas en toda regla. En la primera redacción del libro me limitaba a dar cuenta de ello y a explicar cómo se produjo. Sin embargo, pasaba por alto algunos asuntos que ahora estoy investigando: ¿Cómo es posible que un partido que en 1979 pedía la nacionalización del sector, en 1983 lo rescate en lugar de nacionalizarlo? La respuesta fácil es que las promesas electorales están para no cumplirlas. Pero luego hay otra respuesta de más calado: El partido de 1982 no era el de 1979. Entre esas dos fechas hay dos congresos (1979 y 1981) en los que el PSOE pasó de ser un partido socialista de inspiración marxista a ser un partido socialdemócrata de corte liberal o neoliberal. Dos congresos en los que los sectores más radicales fueron acallados y en los que se aupó a los puestos clave dentro del equipo económico a hombres como Miguel Boyer y Carlos Solchaga, dos liberales monetaristas afines a las tesis de la Escuela de Chicago, la Meca atlántica del neoliberalismo. Eso tiene repercusiones en el programa energético del PSOE que benefician al capitalismo de rapiña que antes denunciaban y, por tanto, creo que merece la pena detenerse un poco en ello y ampliar, de ese modo, el punto de vista.
            Además, desde que redacté la primera parte, he dado con unos cuantos libros y artículos muy interesantes que creo que pueden arrojar luz sobre determinados aspectos que, como en el caso de la socialización de pérdidas socialista, se mencionaban un poco por encima. Así que toca seguir leyendo, pero me voy a dar un tiempecito, que tengo ya empacho de sector eléctrico.
            Espero que la primera parte les guste y que la consideren suficientemente estimulante como para seguir aguardando la segunda. Y que juntas las dos les den las claves para responder a esa pregunta que da título al libro: ¿Por qué nos cuesta tan cara la luz? Desde luego ingredientes para el asombro a este periodo no le faltan.



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martes, 28 de febrero de 2017

El final está cerca



Muchas gracias a los que durante este tiempo os habéis interesado por el estado del libro. Está prácticamente terminado. Me falta rematar el capítulo sobre la burbuja nuclear  y revisar algunas cosas que tenía escritas desde hacía tiempo a la luz de lecturas más recientes. Eso y pulir un poco el estilo, dotar a las partes de coherencia con respecto al todo y redactar la bibliografía y las notas.  En un mes más o menos estaría listo si no hay contratiempos como la subida de tensión que se llevó por delante el disco duro del anterior ordenador.
                Por si queréis ir abriendo boca, os dejo la introducción que he terminado de escribir y que supongo que no diferirá mucho de la definitiva. Gracias de nuevo por el interés y…

BIENVENIDOS A LA NAVE DEL MISTERIO

Todo en el mundo es extraño y es maravilloso para unas pupilas bien abiertas. Esto, maravillarse, es la delicia vedada al futbolista, y que, en cambio, lleva al intelectual por el mundo en perpetua embriaguez de visionario.
José Ortega y Gasset, La rebelión de las masas


Siempre me han frascinado los misterios. De pequeño me maravillaba al oír hablar de los avistamientos de ovnis, las psicofonías del Palacio de Linares o las caras de lmez. Y me fascinaban aún más esos profesores de nombres exóticos que se afanaban por explicarlos: El doctor Jiménez del Oso, El padre Pilón, Tristan Braker…
                Nunca me ha abandonado  esa pasión infantil por los misterios, lo único que ahora en lugar de  interesarme por los del más allá, me intereso por los del más acá, que también son muchos y no menos intrincados. El que últimamente me ha tenido ocupado, y sobre el que versa este libro, es el precio de la electricidad en España.
                Cada vez que llegaba el recibo a casa la misma pregunta: ¿Cómo es posible? ¿Producirá alguien acero en casa mientas yo no estoy? Para mí era algo inexplicable. Investigando un poco me percaté de  que no era  algo exclusivamente mío, sino que se extendía a todos los consumidores domésticos españoles, que  pagamos la electricidad más cara de la Europa continental antes de impuestos, según ponen de manifiesto los datos proporcionados por EUROSTAT para 2015. ¡Ojo, antes de impuestos! Este descubrimiento lejos de ofrecerme algún consuelo no hizo sino incrementar mi suspicacia.
                Resulta extraño que a un país de relieve accidentado, con abundantes recursos hídricos, muchísimas horas de sol y viento, amén de bien comunicado mediante gaseoductos con el norte de África, le cueste producir su electricidad más que a islas como Chipre o Malta.  Pero todavía resulta más extraño que solo sean los precios para usuarios domésticos y PYMES los que han crecido muy por encima de la media europea, pues los precios para los grandes consumidores se han mantenido dentro de la media. Extraño,  a la par que nefasto para la competencia, pues nuestras pymes pagan la electricidad más cara de Europa.
                Todavía más incomprensible resulta el hecho de que, a pesar de que el recibo de la electricidad en España para estos consumidores no ha dejado de subir (Se estima que desde 2003 lo ha hecho un 83,2%), esto no ha sido suficiente para satisfacer los costes reconocidos por el Estado, de modo que desde ese año el déficit de tarifa no ha hecho sino engordar y a finales de 2013 rondaba los 30.000 millones
                Habrá quien aventure la hipótesis de que estos elevados costes se deben a que la demanda sobrepasa a la oferta, pero la situación es justo la contraria: Desde el año 2007 hasta 2015 la demanda no ha dejado de descender y la potencia instalada excede con mucho las necesidades de suministro.
                ¿Entonces? Con un precio que no cubre los costes y una demanda insuficiente para rentabilizar las inversiones, lo lógico sería pensar que las empresas eléctricas que operan en España se encuentran al borde de la quiebra. Pues no es el caso. Contra toda lógica sus beneficios superan en términos relativos a las que operan en el resto de Europa e, incluso, los resultados totales son mayores en muchos casos a las de estas.
                Si los precios no dejan de subir, a pesar de que la demanda no dejan de bajar, algo me hacía pensar que el problema estaba en la oferta, que podía permitirse fijar los precios al margen de las leyes del mercado. No obstante, esto último tan solo eran especulaciones de andar por casa; así que, como cuando era pequeño, acudí en busca de un profesor de nombre exótico para que me iniciase en los misterios de la luz, y me encontré con el doctor Robinson.

Los informes del doctor David Robinson
               
Nos encantan las mentiras si están dichas de verdad
Love of Lesbian, Dios por dios es cuatro

                El doctor David Robinson es Senior Research Fellow del Oxford Institute for Energy Studies, que debe ser al mundo de la energía lo que Hogwarts es a la magia y la hechicería. Para tratar de explicar todos estos episodios extraños, en abril de 2014 saco a la luz un estudio titulado Análisis comparativo de los precios  de la electricidad  en la Unión Europea: Una perspectiva española.
                En este estudio el doctor Robinson considera que el alza de precios se debe a lo que él denomina “cuña gubernamental”, es decir a los costes en el precio final de la electricidad que se derivan de impuestos, gravámenes o cargos para financiar las políticas públicas y que son introducidos por decisiones de los gobiernos.
                A ojos de nuestro sabio la competencia es lo de menos, pues los  mercados  influyen  en  una  parte  cada  vez  menor  del  precio  final puesto que los gobiernos son responsables […] de la determinación de una parte creciente de los precios de la electricidad al consumidor, lo que deja menos margen para que la competencia beneficie a estos últimos.
                Al primer análisis le siguió otro, en octubre de 2015, titulado  Análisis comparativo de los precios  de la electricidad  en la Unión Europea  y en Estados Unidos.  Este segundo análisis venía a decir lo mismo, que la subida de los precios finales de la energía es culpa de la denominada “cuña gubernamental”:
Mi conclusión es que el motivo principal de dichas diferencias en las tendencias de los precios eléctricos finales se debe a un factor: concretamente, a la “cuña de las políticas públicas” (o “cuña gubernamental”). Este concepto hace referencia a los impuestos no recuperables y otros costes de políticas públicas que se añaden al coste del suministro de electricidad, dando así lugar a un aumento en su precio final.
                En contra de lo que los no iniciados podíamos pensar, el papel de la competencia es, en opinión del doctor Robinson, irrisorio, y lo verdaderamente importante es la “cuña gubernamental”, todos esos costes que los gobiernos encajan a martillazos entre lo que cuesta la luz y lo que paga el consumidor.
La explicación es sencilla (cualquiera en la barra del bar dice que la culpa es de los políticos y todo el mundo asiente) y muy gráfica: Uno se imagina al ministro de turno metiendo una cuña en el conducto por donde fluye el dinero de los consumidores a las distribuidoras de energía para sacar él también tajada.
Sin embargo, este análisis pasa por alto dos hechos que a mi juicio son fundamentales: El alto grado de interrelación entre los políticos y el sector eléctrico (basta con poner “políticos y eléctricas” en Google para hacerse una idea)  y que, como veremos más adelante, esa cuña gubernamental (exceptuando los impuestos, que en España están por debajo de la media europea) va a parar en su mayor parte a las compañías que integran dicho sector.
                Por ponerles un ejemplo, la Ley del Sector Eléctrico puesta en marcha por el primer gabinete de Aznar a firmaba, en su exposición de motivos, que el Estado debe garantizar que el suministro eléctrico se realice al menor coste posible. Pero sin embargo, a la hora de determinar este precio establece un sistema de retribución (art. 16.1.a,  sobre el que más adelante abundaremos) que hace que toda la energía producida se venda al precio de la que cuesta más caro producir. Sí, sí. Han leído bien. Se paga el mismo precio por la energía que produce con agua, luz o viento que la que se produce con uranio, gas o carbón.
                Obviamente la decisión de aprobar esa ley fue del gobierno por lo que, stricto sensu, podría hablarse de cuña gubernamental. Ahora bien, de lo que no podría hablarse (al menos sin sarcasmo) es de política pública, pues está claro que esa decisión política realmente beneficia unos pocos intereses privados, los de las compañías eléctricas, a costa del interés público. Cosa que, por otro lado, tampoco debería extrañarnos, pues el propio Rodrigo Rato ya lo apuntaba en un artículo de 2014 hablando de las prioridades del gobierno en materia eléctrica:
      Con el proceso de privatización que se estaba llevando a cabo, el capital empresarial era ahora el responsable de financiar la mayor parte de las inversiones en materia energética  y, por ello, la especial atención a las condiciones de rentabilidad y de recuperación de inversiones pasaron a ser fundamentales
                Así las cosas,  la explicación del doctor Robinson, con sus lábiles términos, desprende el mismo tufillo a jerigonza que la de los abundantes charlatanes que pueblan el reino de lo paranormal. Impresión ésta que se acrecentó cuando descubrí que los informes del doctor Robinson están patrocinados (pagado, vamos) por Ecofín, una consultora de comunicación y relaciones entre empresas y potenciales inversores (lo que en otros tiempos se denominó propaganda), que tiene entre sus clientes a Unesa, la patronal del sector eléctrico, a la que ayuda a generar información sobre el sector; una información que acabará influyendo de una forma u otra sobre la evolución del sector eléctrico español o de alguno de sus integrantes. Por tanto, como sospechamos, el informe del profesor David Robinson, no busca explicar la realidad sino crear una opinión favorable a los intereses de sus patronos; algo que, como veremos, también se da en el ámbito del periodismo económico.

¿Y si estamos ante una institución extractiva?

Felix qui potuit rerum cognoscere causa
(Dichoso el que pudo  entender la causa de las cosas)
Publio Virgilio Marón
Geórgicas

                En vista de que el doctor David Robinson no nos convence, vamos a echar mano de otros dos doctores de nombre no menos exótico Daron Acemoglu y  James A. Robinson. Ambos  publicaron en 2012 un tocho de mucho cuidado titulado Por qué fracasan los países: Los orígenes del poder, la prosperidad y la pobreza, donde sostienen, a grandes rasgos, la tesis de que el éxito o el fracaso de un país estriba en el cariz de sus instituciones, de si son extractivas o inclusivas. El fracaso sería la consecuencia del establecimiento de instituciones extractivas y  el desarrollo de las inclusivas estarían en la base del éxito.
                Según nuestros autores
Las instituciones políticas extractivas concentran el poder en manos de una elite reducida y fijan pocos límites al ejercicio de su poder. Las instituciones económicas a menudo están estructuradas por esta elite para extraer recursos del resto de la sociedad.
Por el contrario
Las instituciones políticas inclusivas, que confieren el poder ampliamente, tenderían a eliminar las instituciones económicas que expropian los recursos de la mayoría, levantan barreras de entrada y suprimen el funcionamiento de mercados que solamente benefician a un número reducido de personas.
Mi tesis vendría a ser que el sistema eléctrico español sería un buen ejemplo de institución extractiva: Está en manos de un grupo muy reducido de personas que, instaladas en el poder político o al amparo de este, expropia los recursos de la mayoría, levanta barreras de entrada y suprime el funcionamiento de mercados. Así mismo el sector eléctrico ha tenido un papel fundamental en el enriquecimiento y formación de una élite que, gracias al poder que le otorga esa riqueza, ha consolidado también su dominio político, colocando en el poder a aquellos que eran más propicios a sus intereses, formándose así ese círculo vicioso entre instituciones políticas y económicas extractivas del que  Acemoglu y Robinson hablan:
La relación sinérgica entre las instituciones económicas y políticas extractivas introduce un bucle de fuerte retroalimentación: las instituciones políticas permiten que las elites controlen el poder político para elegir instituciones económicas con menos limitaciones o fuerzas que se opongan. También permiten que las elites estructuren las futuras instituciones políticas y su evolución. A su vez, las instituciones económicas extractivas enriquecen a esas mismas elites, y su riqueza económica y su poder ayudan a consolidar su dominio político
Todo lo expuesto explicaría muy bien por qué los mercados influyen  en  una  parte  cada  vez  menor  del  precio  final de la energía, como sostenía David Robinson: Porque esta institución está diseñada a prueba de competencia. Oferta concentrada y demanda cautiva. De hecho sólo han entrado nuevos agentes en escena a través del accionariado de las compañías ya existentes. Esto explicaría también por qué los sucesivos gobiernos han tratado con exquisito cuidado los intereses del sector: Porque tenían intereses en él o porque no podían sustraerse a la presión y el influjo de quienes los tenían. Y explicaría, en suma, por qué nuestra luz no deja de subir: Porque no hay nadie que lo impida, puesto que el sector eléctrico es una institución creada para que unos pocos extraigan recursos del resto de la sociedad con la connivencia, e incluso la ayuda, del poder político.
Lo que el siguiente trabajo se propone es mostrar cómo se formó y evolucionó esa institución hasta convertirse en lo que hoy es. Cómo un negocio que a comienzos del siglo XX agrupaba de cientos de empresas quedó practicamente en manos de una docena de ellas a mediados de los años treinta. Cómo personas muy influyentes dentro del sector conspiraron y financiaron el golpe de Estado de Franco para acabar con un gobierno contrario a sus intereses. Cómo consiguieron después que el dictador les otorgase el monopolio del sector eléctrico durante más de 35 años para que dispusiesen de él a su antojo. Cómo de resultas de la falta de eficacia y transparencia se llevaron a cabo inversiones desmesuradas que habrían de llevar al sector a entrar en la democracia con  una deuda abrumadora que al final caería sobre las espaldas de los ciudadanos. Y, finalmente, como durante la democracia no ha habido gobierno que no se haya prestado a atender generosamente las demandas del sector: Los Planes Energéticos de la UCD, la socialización de pérdidas socialista, la liberalización de beneficios privados de Aznar, las burbujas de Zapatero o la consolidación del oligopolio de Rajoy. En suma un recorrido en el que podremos ver cómo poder político y poder económico han caminado de la mano hasta conseguir que nuestra luz sea la más cara de la Europa continental.
Para escribir esta historia he echado mano de docenas de artículos publicados en revistas especializadas, de un buen puñado de monografías y de la prensa del momento. Es decir, nada que no pueda encontrar cualquier persona con conexión a internet. Lo novedoso de mi trabajo por tanto no son los hechos en los que se basa (ampliamente contrastados), sino la sistematización de todo ese conocimiento disperso y fragmentario para dotarlo de coherencia y enmarcarlo dentro de un paradigma explicativo: el concepto de institución extractiva.
 Espero que el viaje merezca la pena.